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Así sería la ciudad ideal vista por los niños

¿Cómo sería la ciudad perfecta para los más pequeños? ¿Qué quitarían de los entornos urbanos en los que viven? ¿Qué añadirían? ¿Sus sugerencias están tan alejadas de los deseos de los adultos? En Ethic hemos querido saber qué tienen que decir los niños acerca de las metrópolis, y a ellos les hemos cedido la palabra, porque sabemos que, como decía Graham Greene, siempre hay un momento en la infancia capaz de abrir una puerta para que entre el futuro. Escuchémosles. Prestemos atención. Estos locos bajitos, como los llamó Neville, primero, y Serrat, después, tienen suculentas propuestas.

Hace pocos meses salió a la venta un libro titulado Mi ciudad imaginada (Kireei editorial), escrito por Cristina Camarena e ilustrado por Vireta. Nos cuenta la visita de Max, acompañado por sus amigos Margot y Màrius, a Posidonia, la mejor de las ciudades posibles para los niños, una ciudad pensada por y para ellos. Un lugar mágico, distinto, más amable, más lúdico.

El interés por la mirada de los más pequeños sobre el entorno urbano ya no se trata de una curiosidad aislada o puntual, sino que se está convirtiendo en una preocupación sobre la que trabajan expertos de diferentes ámbitos. Un ejemplo de cómo se cuenta cada vez más con la participación de los niños en la planificación de ciudades más sostenibles es la Red de Ciudades Amigas de los Niños, que preside Argentina, que recopila las sugerencias de los más pequeños y de la que forman parte capitales como Brasil, Chile, Paraguay o Perú.

En España también hay ejemplos, como la exposición ‘Haurbanistak‘ que realizó el taller de arquitectura Maushaus y el Ayuntamiento de San Sebastián en junio de este mismo año, en colaboración con quince centros educativos de la ciudad, cuyo propósito era involucrar a los pequeños en el conocimiento y diseño del entorno urbano que habitan. O los encuentros que, desde hace algunos años, realiza La Casa Encendida bajo el título ‘La ciudad de los niños’, en los que profesionales de la educación, la sociología, la psicología o el urbanismo debaten sobre el binomio infancia y ciudad. Pero vayamos a los protagonistas.

Más luz y menos coches

«A mí me gustaría mucho que mi ciudad tuviera más luz, porque cuando me lleva mi madre al cole está todo oscuro y es de noche y entonces me entra mucho sueño. Al entrar al cole es como de día, porque la luz está en los pasillos y en mi clase, pero cuando miro por el coche de mi madre no me gusta porque casi no se ve nada, está todo triste; cuando salgo del cole es de día, pero en invierno dura poco, por eso yo inventaría más luz para mi ciudad», nos cuenta Juan, un niño de siete años que estudia en el Sagrado Corazón, Madrid.

Rocío tiene su misma edad, y también va en coche a ese colegio. Ella no se queja de lo que le cuesta madrugar al sol en invierno, sino del tráfico: «No me gusta ir en coche por las mañanas, es un rollo. Mi madre tarda mucho porque hay muchos coches y se mueven despacito y entonces tengo que levantarme más temprano». ¿Hay solución a esto? ¡Por supuesto! «Si mi colegio estuviera más cerca de casa, podría dormir más y también podría ir andando con mi madre, y así no estaríamos tanto tiempo sin hacer nada en el coche». Se da por hecho que ese deseo de Rocío, una escuela más próxima a su casa, incluye a sus amigas de clase. Condición sine qua non.

Otra opositora de los automóviles. Clara, de seis años, que estudia en el colegio San Cristóbal, de Madrid. «Yo quitaría los coches, si quitásemos los coches la ciudad sería un poco más pequeña y mucho mejor, porque no habría tantos peligros ni tanto humo y llegaríamos antes en autobús. Mi madre mira en el móvil la hora a la que el autobús nos recoge en la parada pero, como hay tantos coches, el autobús no puede ir deprisa y tardamos mucho y me aburro».

López (este niño, de nombre Luis, nos insiste en que le llamemos por su apellido porque le gusta más), es un entusiasta de las dos ruedas y un optimista. Estudia en el colegio Nuestra Señora de la Fuencisla, en Segovia. «A mí me gustaría ir en bici al cole, pero no me dejan porque dicen mis padres que es peligroso porque hay muchos coches y van muy rápido pero que, cuando sea mayor, entonces sí que podré ir a la universidad en bici; yo, si pudiera, quitaría los coches para que todos pudiéramos ir en bici, porque si vamos todos en bici ya no habría peligro, bueno, a lo mejor que te la roben, pero si tienes cuidado seguro que no».

No van nada desencaminados estos barbilampiños. Las grandes ciudades europeas le van ganando espacio al tráfico, ensanchando las zonas peatonales y estimulando el uso de la bicicleta en las urbes. Si les damos menos coches y más bicicletas, crecerán más concienciados de la importancia del medio ambiente. Esto ya lo avanzó el psiquiatra norteamericano Karl Menninger: «Lo que se les dé a los niños, los niños darán a la sociedad».

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La altura como medida

La mirada de los más pequeños no sólo está condicionada por su desbordante imaginación y su capacidad de pensar que todo es posible. También su propia altura da la medida de sus sugerencias. Atentos al comentario de Kevin, del San Cristóbal. Siete años. «Yo pondría las papeleras más bajitas, porque nunca llego a tirar las cosas dentro y me tiene que ayudar mi padre porque las quiero tirar yo, que puedo. Bueno, no puedo porque están muy altas, y no hay que tirar las cosas al suelo, aunque en mi barrio la gente tira mucha basura al suelo y eso está mal, porque no me gusta que mi calle esté sucia. Es asqueroso. Tendrían que limpiarla mejor y la gente mayor usar los contenedores de basura porque yo no llego a las papeleras pero los mayores sí llegan a los contenedores. Tampoco llego a los botones del ascensor, ni al botón del autobús cuando me tengo que bajar, siempre le tiene que dar mi madre».

Los niños. Su facultad para causar estupor. El que habla es Alonso, del Sagrario Corazón. «Yo quitaría los edificios altos porque no puedo mirar bien». ¿Mirar bien a qué? «A todo, es que solo se ven las casas, que son muy grandes, y casi todas muy feas, y algunas veces no puedes ver bien las nubes, por ejemplo, o los pájaros, o las estrellas, y solo ves las ventanas pero no hay nunca nadie en las ventanas». ¿Tú miras por la ventana? «Sí, pero desde dentro, porque mi madre no me deja abrirlas, pero si las casas fueran más bajitas seguro que me dejaba asomarme y también podría mirar por fuera y ver las cosas cuando voy caminando por la calle».

Casas feas. Esta idea es común a muchos niños. «A mí me gustaría que hubiera más parques y bosques en la ciudad para que cuando mirase por la ventana pudiera verlos, porque no me gusta, por la ventana sólo veo casas feas y coches, y lo mejor sería que pudiera ver árboles y niños jugando para bajar a jugar con ellos», nos dice Álvaro, del María Montessori, en Guadalajara.

Pedro y Manuel, que son hermanos (ocho y seis años, respectivamente), viven en el Barrio de las Letras, en Madrid, también abogan por más zonas verdes porque en su zona no hay: «Cerca de casa hay un parque pero no es un parque porque no hay arena ni árboles, es de piedra y si te caes te haces mucho daño; hay algunos columpios, pero algunos están rotos porque los usan los mayores; la ciudad tendría que ser un parque grande, y dentro de ese parque tendría que estar todo lo demás, las casas, la clase, el trabajo de mi madre… Y también el trabajo de papá», puntualiza Manuel.

Algo parecido a lo que piensa Claudia, de ocho años, que vive en Vallecas: «Yo, si fuera una alcaldesa, pondría más parques para que jugáramos todos los niños, y más grandes, porque hay algunos parques muy pequeños y casi no cabemos, pero lo que más haría sería pintar los edificios de colores, porque son todos oscuros y feos. Alguna vez he visto algunos de otra manera y me gustan mucho más, porque así no son iguales y no me confundiría. Utilizaría muchos colores, bueno, el negro no, pero el rojo, el azul, el naranja, así sería más divertidos y la ciudad más bonita». Neruda lo dijo, ya de mayor: «Todo es ceremonia en el jardín salvaje de la infancia».

¿Qué ocurre con las fuentes?

Es curioso cómo los niños que “tienen su pueblo” incorporan elementos rurales a su ciudad ideal. Es el caso de Abel, que vive en Madrid pero que va con asiduidad a un pueblo de Segovia, Otero de Herreros. «Yo pondría en Madrid más fuentes para beber agua, porque cuando juego al fútbol con mis amigos no se puede beber en ningún sitio y te mueres de sed. En mi pueblo hay una fuente al lado del frontón, que es donde jugamos, pero en Madrid no hay fuentes y yo pondría muchas para que los niños jueguen mejor y nuestros padres no se gasten tanto dinero».

Algo similar le sucede a Jimena, que visita con frecuencia Vinuesa, un pueblo de Soria. «A mí me gustaría que las ciudades tuvieran más animales porque solo se ven perros, que me gustan mucho, aunque mis padres no me dejan tener uno, pero en mi pueblo hay muchos animales, vacas, caballos, y ovejas, y gallinas, y una vez un cerdo y aquí solo hay muchos coches». Los coches, de nuevo.

¿Pueden imaginar una ciudad así? Una urbe con extensiones verdes mucho más generosas de las que disponemos, con menos tráfico, con edificios más alegres, más humanos, que no oculten la línea del horizonte, con todo un poco más a mano, con un aire más respirable. Esto es, en definitiva, aunque con sus palabras, lo que proponen ellos, los niños.

Esther Peñas
Artículo publicado en Ethic

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