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Italia: “Sardinas”, un sonoro despertador para la izquierda

Una [concentración en la] plaza popular, no populista. Una plaza contra los fascioliguistas y con el corazón a la izquierda. Una mescolanza política, cultural, social que hoy se hace sardina porque no sabe ya qué peces pescar, habiendo madurado un desencanto profundo hacia todos los partidos políticos, grandes, medianos o minúsculos. Una plaza enorme en Roma, pero también una cita nacional que ha unido simbólicamente a todo el país.

Las ganas contagiosas de volver a encontrarse expresan un deseo igualmente contagioso de liberación contra la sofocante propaganda de una derecha cargada de odios y mentiras. Sólo un mes después de su primer acto en Bolonia, con el nombre de “6.000 sardinas contra Salvini”, la manifestación multipolítico-partidista de ayer en San Giovanni [la plaza romana de la basílica de San Juan de Letrán] cierra una larga ola de movilizaciones contra quienes “durante demasiado tiempo llevan tirando de los hilos de nuestros sentimientos”, como han escrito en su hermoso manifiesto los muchachos y muchachas de Bolonia.

De modo sencillo y directo han explicado la necesidad de dar voz a una apasionada rebelión contra quienes “nos han lanzado mentiras y odio durante años, aprovechándose de nuestra buena fe, de nuestros temores y dificultades, para raptar nuestra atención”, dejando así al desnudo las debilidades y sentimientos de impotencia del campo democrático y de izquierda, que han permitido a las derechas nacionalistas extender sobre el país un espeso manto de mensajes amenazantes, xenófobos y sexistas contra toda voz que sea diferente.

Ha sucedido así que las sardinas de un día contra Salvini, se han multiplicado luego más allá de toda previsión, desatando una reacción en cadena, poderosa e inédita, que se ha opuesto y abrumado la violenta la propaganda del ridículo hombre solo al mando. No era nada fácil ganar la batalla de la comunicación, que es hoy el principal terreno del combate político y el  arma vencedora de la derecha en el mundo.

Las Sardinas de Bolonia han tenido éxito y esperamos que, al seguir nadando en las frías aguas de Emilia-Romaña, sean capaces de darle una paliza a Salvini. Porque si este es un impetuoso movimiento que hace sonar el despertador para la izquierda, no hay duda de que pone en dificultades la fúnebre predicación de la derecha.

Este movimiento no se parece a ningún otro, nació desde abajo (y es por esta razón enormemente vulnerable) y, gracias a cuatro amigos en un bar que han hecho de detonadores, ha dado una saludable sacudida al país. Y a quienes preguntan dónde están los contenidos habría que responderles que las plazas son política, nueva política como la de los chicos de Greta [Thunberg], de las mujeres, todas en pacífica sintonía, de los jovencísimos del clima a las feministas contra la violencia, a las sardinas que reúnen a todas las generaciones, de abuelos a nietos.

La inesperada y sorprendente epidemia que ha vuelto a encender las cien ciudades de la península, sin sombra de una estructura organizada, no se superpone sino que se añade a los contenidos y a las luchas del asociacionismo, del voluntariado, del mundo cultural. Ayer, en la plaza, el “rostro” nacional de las sardinas, Mattia Santori, desde un micrófono improvisado y un palco invisible, declaró que la función principal de este movimiento de opinión consiste en hacer de intermediario entre el mundo político y la iniciativa cívica. Y ha pedido a los políticos y al gobierno que hagan bien su trabajo, y no en las redes sociales sino en las instituciones, empezando por la revocación de los decretos de seguridad [de Salvini], pues la consigna de las sardinas es “inclusión”.

A buen seguro, no se trata de un partido, no obstante los maniacos de los sondeos que ya pretenden aquilatar su fuerza en la bolsa electoral. Y a la vista está, ni siquiera todavía de un movimiento, salvo en el sentido físico de mover las plazas y llenarlas con lo que los organizadores llaman “flash mob”, movilizaciones espontáneas, intermitentes, extemporáneas. Es como si el pueblo democrático se hubiese despertado de un letargo, de una sensación de impotencia y depresión. Dejando como regalo de Navidad una carga de positividad.

Norma Rangeri
Artículo publicado en Sin Permiso

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