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La prostituta y la traductora

Es infrecuente escuchar a un escritor hablando de una novela ante una asamblea parlamentaria. Sucedió hace unas semanas en el congreso peruano, donde la diputada Marisol Pérez Tello invitó a la escritora Teresa Ruiz Rosas a presentar su última novela en el contexto de una iniciativa legislativa que pretende poner fin a la trata de personas. Nada que declarar. El libro de Diana cuenta la historia de Diana Postigo, joven peruana que se ve ejerciendo la prostitución en Alemania, y de Silvia Olazábal, otra peruana emigrada, traductora, que azarosamente se cruzará con Diana y acabará convertida en su interlocutora y en la escritora de su historia. Silvia es el trasunto de la propia Teresa Ruiz Rosas (Arequipa, Perú), que lleva años dedicada a distintos oficios relacionados con la escritura.

Vinculada desde su infancia a las letras, hija de poeta y actriz, actualmente reside en Colonia, después de haber vivido en Budapest, Barcelona Y Friburgo de Brisgovia. Aquí la conocimos en el 94, cuando residía en Barcelona y quedó finalista del Premio Herralde de Novela con El copista, un libro que también ganó el ovetense Tigre Juan y que recibió excelentes críticas. Teresa siguió escribiendo novelas y relatos, uno de ellos, Detrás de la Calle Toledo, obtuvo el premio Juan Rulfo en 1999, y traduciendo a algunos de los grandes autores europeos, como W.G. Sebald, y se mudó. Quizá sea ese nomadismo, que no casa bien con el cultivo de una “carrera literaria”, lo que explique que, pese al reconocimiento crítico y popular que obtuvo con su primera novela y la sólida trayectoria literaria que se ha ido construyendo, los lectores de estas latitudes le perdiéramos la pista.

Tras La falaz posteridad y La mujer cambiada, llega Nada que declarar, una novela que acerca al lector a la prostitución y la muestra en su realidad cotidiana, lejos de la mixtificación a la que ha tendido el punto de vista masculino. No como “el oficio más viejo del mundo”, sino como la más antigua forma de explotación de la mujer, no como aséptica compra-venta de sexo sino como obsceno ejercicio masculino de poder. En el origen de la narración, un sentimiento y una imagen: “al tener los privilegios de ser libre y ganarme el pan sin sacrificar un ápice mi autoestima, me ha espeluznado siempre leer, oír, saber de cómo aumentan las víctimas de la trata para ser esclavas sexuales, cuyas condiciones de existencia poco se parecen a las de las prostitutas más o menos idealizadas en la literatura. Además, haber visto tantas veces y por azar, desde el tren (en Colonia), el edificio-prostíbulo en que sitúo la novela, incrementaba cada vez mi obsesión por escribirla”, cuenta la autora. Y no obstante, Nada que declarar no es una “novela de tesis”. Son las inolvidables voces de Diana y Silvia las que nos llegan, con todas sus inflexiones, reflexiones, humor, y las que construyen esta novela de elaborada estructura y poderosos recursos expresivos en la que para la puta hay justicia poética, que no paternalismo. “Al ser el lenguaje la materia prima de una obra literaria, entiendo que la verosimilitud de sus personajes y la riqueza de su caracterización y entorno ganan en la medida en que el habla no ha sido sometida a una estandarización en aras del producto en boga o de facilitar su posible traducción al inglés” -dice en relación al uso de un léxico muy peruano. “¿Podemos acaso imaginar un Pedro Páramo guillotinado de mexicanismos?”. No es la única conexión con las fuentes, Julio Ramón Ribeyro es casi un personaje de la novela mientras que los versos de Vallejo enmarcan el relato. Como tantos otros autores latinoamericanos de su misma generación o anteriores, Teresa Ruiz Rosas escribe lejos de su país, algo que cree que confiere a su escritura un “carácter particular” que tiene que ver con “la mirada de lejos”, pero que “no es ninguna garantía de excelencia”. Junto a la mirada serena, en el pulso late una intensa cercanía.

 

Eva Muñoz
Artículo publicado en LaVanguardia

 

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