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Cómo le voy a explicar a mi hijo qué es el consentimiento si los adultos están todo el día forzándole a dar besos

Seguro que te suena. Vas de paseo con tu hijo y os encontráis con alguien. Un amigo, una tía, un conocido, un adulto en general. En algún momento de la conversación, surge la situación. “Dame un beso. ¿No quieres? Venga, dame un beso, dámelo”. La insistencia puede darse de varias formas: la persona en cuestión busca el beso del niño sí o sí, la madre o padre insiste también para que su hijo bese o las dos cosas a la vez.

Consentimiento, una de las palabras más repetidas los últimos días. Pero, ¿cómo vamos a enseñar a niñas y niños qué es consentimiento si desde que son pequeños les mandamos el mensaje de que ignoren lo que sienten y se dediquen a dar besos y ser besados aunque no quieran hacerlo?, ¿si les estamos diciendo que, aunque alguien no quiera, tienen que dar un beso o dejarse darlo solo porque a otra persona le apetece?, ¿que la gente tiene derecho a abrazar aunque tú no quieras que lo hagan?

“Hay que empezar desde pequeños a hablar de esto. No tenemos que pedirles los besos. Nosotros los damos por cariño, por amor, o por una convención social pero ellos no saben por qué se lo pides. Muchas veces acceden a darlo pero no quieren hacerlo. No debemos insistirles, pensamos que es algo inocente pero ignoramos todo lo que hay detrás. Si no, no podremos enseñar que nadie puede darles besos o acercarse si ellos no quieren”, dice el enfermero pediátrico Armando Bastida.

Otra variable frecuente es el chantaje. “Si no me das un beso, me enfado. Si no me das un beso, me pongo triste. Si no me das un beso, no te voy a decir el regalo que tengo para ti”. ¿Dónde queda ahí el cariño espontáneo, las ganas o no de besar o abrazar a alguien? , ¿por qué nos empeñamos en tratar a niñas y niños como seres sin sentimientos o deseos propios?

Hablo con la psicóloga Lola Pavón, una de las profesionales que han suscrito el manifiesto de rechazo a la sentencia de ‘la manada’ y en el que describen situaciones emocionales que puede experimentar cualquier persona que ha sufrido una experiencia de acoso o agresión: “Siempre en los talleres insistimos a los adultos en que no es adecuado insistir. Si al crío no le sale dar un beso o un abrazo y le decimos que entonces no le vamos a querer o cualquier cosa de ese tipo estamos manipulándole”.

Actuando de esta manera, cuenta Pavón, ponemos a niñas y niños en una contradicción. Por un lado, está lo que quieren o les sale hacer; por otro, lo que “los mayores” dicen que debe hacer y ante lo que hay que obedecer. “Aprenden que su cuerpo no les pertenece, que no tienen decisión sobre con quién quieren tener un contacto más íntimo. Hay una disociación entre lo que sientes y lo que te dicen que hagas”, explica.

Cuando el adulto en cuestión insiste yo cortocircuito y suelto: “No quiere darte un beso, déjale”. Entonces, puedo notar sus miradas láser sobre mí y hasta imagino, ya un poco paranoica, sus comentarios sobre la madre exagerada en la que me he convertido. Pero me quedo con la sensación de tratar que mi hijo, un hombre futuro, reciba un mensaje que me parece crucial: solo quien tú quieras puede besarte o tocarte, solo puedes besar y tocar a quien te diga que le apetece.

Estos gestos, casi una costumbre social, me dicen Bastida y Pavón, tienen efectos. “¿Por qué a este sí le tengo que dar un beso y a este otro que me lo pide no se lo voy a dar?”. El afecto tiene que ser real y hay que dejar sitio a su espontaneidad”, dice el enfermero. “Aumenta la vulnerabilidad ante contactos no deseados y la confusión sobre dónde están los límites. A veces no les tratamos como si no fueran personas”, señala la psicóloga.

Invadir el espacio íntimo, cruzar los límites, se hace un poco más normal. Y consentir debería ser, sobre todo, desear. Desear que te besen, desear dar un beso o decir algo bonito. Como cuando tu hijo se te acerca porque sí y, sin necesidad de mediar intercambio o negociación alguna, te abraza fuerte y te dice: te quiero.

Ana Requena Aguilar
Artículo publicado en ElDiario.es

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