XIII FOROMESA REDONDA “ÉTICA Y MEDIOS DE COMUNICACIÓN”

MANUEL S. JARDÍ

MANUEL S. JARDÍ PERIODISTA

¿Ética? ¿Y eso qué es?

Es cierto que los medios de comunicación forman parte de la estructura de transmisión de información y conocimiento en sus respectivos entornos sociales. No sólo eso. También son un instrumento fundamental en la cohesión de esas mismas sociedades. En consecuencia, cuando no se ajustan a sus tareas y función social, por exceso o por defecto, la sociedad destinataria de sus mensajes y códigos sufre un déficit en el suministro de datos, imágenes, análisis –en teoría sujetos a contraste y validación-, que afecta a su propia percepción de la realidad de su entorno y altera una cierta lógica de comportamiento. Por lo general, la adulteración del papel encomendado a los medios de comunicación suele tener su correlato en sociedades adocenadas, acríticas y manipulables, de acuerdo con una estrategia predeterminada. Aquí sí que se ajusta la frase del detective clásico en el escenario del crimen: ¿a quién beneficia?

No comparto del todo la aseveración según la cual los medios de comunicación “nacieron como una herramienta muy eficaz para la participación política y social de la ciudadanía”, ni tampoco que “desde hace años se han convertido en un instrumento de control social a través de la recreación de una realidad virtual donde a la ciudadanía sólo se le asigna el papel de espectadora”. Y, en fin, no estoy seguro de que éstas sean las causas de que “millones de personas se alejen de los medios de comunicación tradicionales, mientras otros tantos millones han quedado atrapadas en esa falsa realidad virtual”. Creo que no es exactamente así, aunque un poco de todo sí que hay. En cualquier caso, como acostumbra a ocurrir en el sorteo de la lotería, las responsabilidades están muy repartidas.

El mundo ha cambiado, la industria de la comunicación poco tiene que ver con las empresas que editaban periódicos, gestionaban emisoras de radio o producían espacios de televisión a mediados del siglo pasado. La profesión periodística hace tiempo que dejó de ser un oficio: se transformó en una o dos carreras universitarias. No es que esto sea intrínsecamente malo (algo de formación en economía, historia contemporánea, estadística, derecho, ciencia política o sociología, deberían ser digno complemento del adiestramiento en gramática y en las  técnicas que se imparten al futuro profesional), pero mientras antaño se trataba de una dedicación donde primaba la curiosidad –también intelectual- y la necesidad de contar los hechos (más contrastados que en nuestros días), cautivando y ganándose al lector, para lo cual se aprendían unas habilidades y se adquiría experiencia en el propio campo de la batalla informativa, ahora las motivaciones que llevan a las levas de ‘comunicadores’ a las universidades son bastante diferentes. La instrucción, además, no devuelve al mercado laboral a licenciados dispuestos a comerse el mundo, ya sea en el territorio de la actualidad, o en el del análisis.

La industria también cambió. Concentraciones de capital y cambio de manos en la propiedad, casi extinguieron las viejas empresas periodísticas. Nuevos imperios impusieron sus estilos y prioridades, siempre en busca de beneficios. Lo mismo daba imprimir papeles que fabricar papel higiénico. Y en la cadena productiva, los periodistas fueron abocados a un proceso de proletarización. Ya no quedan muchas diferencias entre la cadena de montaje y el viejo oficio que trabajaba con el lenguaje: un material éste, diferente de la masa para fabricar pan.

Los poderes políticos tampoco estuvieron a la altura del desafío. Su relación con los medios se limita a intentar controlarlos, someterlos o beneficiarse de ellos. En esto no hay excepciones. Las diferencias, en todo caso, pueden hallarse en las formas, la intensidad y tal vez, ocasionalmente, un poso de respeto hacia determinados estratos profesionales. Poca cosa. Además, el poder económico hace tiempo que ganó la partida. Si alguna batalla queda por librar, tal vez sea la lucha porque no disminuya, todavía más, el espacio público. El territorial y el informativo. Y la guerra –que ahora mismo vamos perdiendo- por dignificar ese espacio bastante prostituido.

¿Ética? Es una palabra que, por su significado, debería ser innecesaria en un discurso sobre medios informativos y sociedad, si los medios fueran consecuentes con su función, y la sociedad gozase de cierta madurez democrática. Tal como están las cosas, es inútil apelar a la ética. Más bien se trata de ejercer resistencias ante los embates que debilitan la estructura social, convirtiéndonos en sujetos pasivos y consumidores de espectáculos –virtuales o no-, y plantear estrategias encaminadas a lograr –y recuperar- medios que sirvan a los intereses de la ciudadanía. No sólo para aspirar a una transmisión de información y conocimientos de mayor calidad, dignos de una sociedad democrática y avanzada, sino para que la estructura informativa sirva a la cohesión social. De ambos déficits –comunicación y cohesión-, el País Valenciano puede dar lecciones al mundo.